Jardines. Granada, ciudad artística

1919
ANTONIO GALLEGO BURÍN
"Los Jardines", Renovación, 32, 30 Octubre 1919.
Transcripción íntegra del artículo, puiblicado también, con alguna variante, en El Sol, 21 de julio, 1919.

En los campos abiertos y extensos donde el cielo no mancha su azul y la luz vibra radiante; donde los edificios no ocultan el Sol ni la Luna, la Naturaleza se da toda entera a nuestro goce; en un beso infinito nos envuelve, sentimos que la vida nos invade y el campo es un deseo eterno de nuestro espíritu que por siempre lo quisiera gozar. Poreso, la vida de las ciudades, más revuelta, más agitada, menos pura, exige unos momentos de descanso, unos instantesde paz y necesita de los jardines, figuración de la naturaleza, suplidores de ella, que calman nuestros nervios, que tranquilicen nuestro espíritu, que nos conviden a soñar. He aquí por qué son un elemento de imponderable fuerza en las ciudades, factor importantísimo para su vida espiritual. Tienen algo del alma de aquéllas, que sentiremos mística, soñadora, o indiferente, al pasear por ellos.

Un pueblo de poetas, de pasionales, preferirá los jardines callados, los jardines ruinosos, muertos, en los que su corazón pueda rezar y llorar.

Hay jardines frívolos, hechos para las galantes aventuras del amor, y otros, simétricos, monótonos, impecables en su regularidad, todos líneas con muchas calles expeditas para poder marchar de prisa sin detenerse nunca, sin reposar nunca, sin quedar nunca solo consigo mismo...

El jardín inglés no es nada, no dice nada, su trazado es monótono. Las plantas, rígidas, están aisladas, sueltas, sin amor. Son los jardines de la indiferencia. En vano intentaremos encontrar su alma. Jardines versallescos... discretos suaves, risas, cortesanías. Los jardines galantes de la Francia gloriosa.

Jardines españoles, viejos, románticos jardines españoles, en los que alienta un corazón dolido. Rincones solitarios donde el alma se aísla... El silencio y el llorar de una fuente, en cuya taza rota se inclinan golondrinas a beber. Hojas secas... Cipreses, arrayán, bóvedas de verdura. Escondrijos salvajes con rumores de llanto. Un pedazo de cielo azul y las estrellas mirando fijamente. Jardines del silencio y del amor callado, amor de España. Nada más que la luz de los cielos. Nada más que el ruido de las aguas...


Así eran también nuestros viejos, callados jardines granadinos. También se van perdiendo. Los viejos jardinillos de la Bomba tenían todo ese encanto; pero desapareció cuando una época de furor inglés los dejó sin un rincón escondido donde poder orar. Los jardines granadinos, con sus bóvedas de verdura, sus fuentes melancólicas, sus calles de arrayán, se fueron para siempre...

Y había en ellos una plaza, toda recuerdos, extensa, luminosa, donde saltaba el agua y jugaban los niños, y en el agua quebraban sus voces y sus risas. Melancólica plaza de infantiles recuerdos, alegrías inocentes de dichosas edades.


Tenía por fondo las torres centenarias de una iglesia. una línea de nieve. el alma de unos pinos y un cielo todo azul. Allí iban viejos de blancas barbas y niños de cabellos dorados. En aquella plaza, la vida que viene y la que se va se dan cita. Era una plaza vocinglera y alegre. y era una plaza triste. Para mí tenía algo de sagrada.

Un día se llevaron la fuente, arrasaron la plaza, y cuando los niños bajaron a jugar a ella, ya se había perdido. Y aquella tarde no cantaron...

Sobre la plaza elevó el Casino un edificio con mucho cemento, con mucho mal gusto, donde de vez en cuando se ríe, de vez en cuando se baila... y los viejos y los niños que jugaban, han tenido que irse de ahí.

Así, en el Triunfo, se han "construido" análogos jardines, y el Paseo de los Tristes, que se arrodilla ante la Alhambra, insulta al río con la ridiculez de sus jardines nuevos.

Sólo queda la Alhambra, los Adarves... ¿Se convertirán algún día en jardín inglésl Necesitamos los granadinos de nuestros jardines.

Necesitamos más jardines, pero jardines nuestros, los que tenían algo de nuestro corazón. Debiera en Granada hacerse un parque como Sevilla ha hecho, con personalidad, sin desfiguraciones, y estos jardines simétricos y fríos de hoy, que vuelvan a su ayer; y que corran las aguas, y que jueguen los niños entre arrayanes, bajo bóvedas de rosales y jazmines, y por encima, el cielo.



 
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