Constituye uno de los bienes inmuebles más relevantes de toda la ciudad tanto histórica como artísticamente. Fundado por la Reina Isabel, que ocupó para ello el antiguo palacio nazarí de Dar al-Horra. En la actualidad, excluido de sus dependencias, consta de iglesia y claustro precedidos por un compás semipúblico de alta calidad ambiental. La manifestación elocuente del arte gótico, utilizado por los Reyes Católicos en la mayoría de sus fundaciones, es aquí visible en la portada y artesonado del presbiterio. El estilo gótico encuentra aquí un magnífico complemento en la riqueza de las aportaciones mudéjares, apreciables en las armaduras del claustro y, sobre todo, de la iglesia, cuya relevancia artística se puede ejemplificar en la escalinata monumental por la que se accede al altar mayor.

El monasterio de Santa Isabel la Real está emplazado en la calle homónima, integrado en una gran manzana de alto valor artístico y monumental, de la que forman parte la parroquial de San Miguel Bajo, la casa nazarí de la Daralhorra y la huerta de Santa Isabel, antaño perteneciente a este cenobio, hoy destinada a plaza pública y aparcamiento de automóviles. Esta zona del Albaicín, en el centro del barrio histórico y con apenas un suave declive, constituyó el centro institucional y palatino de la antigua Alcazaba Qadima, dado que en ella se levantó el desaparecido alcázar zirí del rey Badis, en el siglo XI; y, posteriormente, en época nazarí, los palacios de la Daralhorra (que formó parte del monasterio), de Dar Abu-Abdila u Hospital de la Tiña y la desaparecida Casa de las Monjas. La fundación regia del monasterio dedicado a la reina Santa Isabel de Hungría en el siglo XVI vendría a confirmar la vitalidad urbana y simbólica de aquel espacio islámico de carácter áulico.

Este monasterio fue erigido como convento de franciscanas clarisas por fundación de los Reyes Católicos, el 15 de septiembre de 1501, pensándose en un principio instalarlo en la Alhambra, como el Real Convento de San Francisco. Sin embargo, debido a algunas dificultades, fue mandado instalar finalmente sobre un palacio islámico cedido en principio al secretario real don Hernando de Zafra, y que fue canjeado por otros inmuebles ubicados en la Carrera del Darro, en el actual convento de Santa Catalina de Zafra. La fundación del Real Monasterio de Santa Isabel fue dotada cuantiosamente por la propia reina, en 1504; y, asimismo, en 1507, por su primera abadesa, doña Luisa de Torres, viuda del Condestable de Castilla D. Miguel Lucas de Iranzo. A estas importantes dotaciones se uniría la de doña María de Mendoza, hija del Almirante D. Bernardino de Mendoza, a finales del siglo XVI, para el retablo mayor, así como el costeado por el regidor granadino don Pedro de la Calle en 1638. Estas y otras donaciones contribuirían a hacer del cenobio uno de los más notables edificios monásticos del arte granadino, terminado su conjunto a lo largo del siglo XVI. En la época contemporánea sufrió enajenaciones y pérdidas de parte de su recinto, como la huerta, exclaustrada en el siglo XIX, donde debió existir una casa árabe y donde las recientes excavaciones arqueológicas han puesto de manifiesto importantes restos murarios; y la citada casa o palacio de Daralhorra, importante prototipo nazarí de mediados del siglo XV, que perteneció a la reina Fátima, madre de Boabdil, y que fue propiedad del convento hasta el año 1930, en que fue adquirido por el estado. Precisamente, la sala meridional de la Daralhorra fue la primera capilla de que dispuso el convento de Santa Isabel al Real en la época de su construcción.

Es este monasterio una de las numerosas fundaciones de los Reyes Católicos en la conquistada ciudad islámica de Granada. En efecto, pocas ciudades españolas pueden mostrar un tan amplio abanico de fundaciones religiosas promovidas por la Corona como esta ciudad, salvo quizás la Corte seiscentista madrileña: la propia Capilla Real, el Hospital Real, el monasterio de San Jerónimo en sus primeras décadas de singladura, el convento de San Francisco Casa-Grande, el de Mercedarios Calzados ( es decir, las órdenes religiosas masculinas más influyentes de la época), a los que habría que añadir los conventos de clausura de las Comendadoras de Santiago y el propio de Santa Isabel la Real. Este carácter áulico ha condicionado enormemente su carácter monumental, dado que se trata de un espacio conventual modélico, quizás el más sobresaliente de los conventos femeninos de clausura conservados en la ciudad, al tiempo que evidencia el prestigio y funcionalidad inherentes a los programas constructivos del gótico mudéjar en su aplicación a la arquitectura religiosa granadina, dado que, de hecho, la iglesia de Santa Isabel la real fue el primer templo mudéjar levantado en la ciudad y, por tanto, punto de partida de la creación de las parroquiales mudéjares, tanto en el Albaicín como en otros ámbitos granadinos.

Las principales edificaciones del monasterio de Santa Isabel la Real se centran en una parcela cuadrada de aproximadamente 50 metros de lado, donde se ubican la iglesia y el claustro principal, y a la que hay que sumar dos patios a espaldas del claustro, así como el amplio compás monástico de entrada al conjunto, desde la calle homónima. A este espacio de alta cualidad ambiental, urbana y simbólica se accede a través de una portada sencilla de diseño barroco, con pilastras toscanas y ático integrado en frontón partido, con la escultura de Santa Isabel de Hungría y heráldicas laterales de la Corona y la Orden Franciscana. Una vez franqueada esta puerta, se desarrolla el compás en forma de L tumbada, estando al fondo del lado corto el acceso a las dependencias de clausura, como un sencillo arco carpanel cobijado por tejaroz, que presenta restos de pedestales en piedra y que tuvo hasta hace poco una portada fingida en decoración mural, hoy encalada. A la izquierda el compás presenta mayor amplitud, con vistas hacia la parroquial de San Miguel y como acceso a la puerta de la iglesia.

Las descripciones más puntuales sobre el conjunto de Santa Isabel la Real se deben a Gómez-Moreno (1892) y Gallego Burín (1946), completadas con aportaciones contemporáneas acerca de sus significaciones histórico-artísticas (Henares Cuéllar y López Guzmán, 1989; Gómez-Moreno Calera, 1989, 1998). La portada de la iglesia es un bello ejemplar gótico de principios del siglo XVI, cuyo diseño e iconografía, de corte oficial o institucional, remite al prestigio del conjunto monástico como fundación regia. Se trata de una portada ojival trazada según los diversos autores por Enrique Egas como arco flamígero mixtilíneo, florenzado, en cuyas enjutas se colocan los emblemas reales del yugo y las flechas, así como el escudo regio. Sobre ellas, tres hornacinas con tracería y copetes, para albergar estatuas hoy perdidas. Flanquean la portada dos agujas que sostienen imposta superior a manera de alfiz. Esta portada se encuadra en una fachada de construcción mudéjar, con cajones de mampostería y rafas de ladrillo, de la que resalta la esbelta torre latericia, cuadrada y con albanegas decoradas con azulejos; esta torre, realizada hacia 1549 (Gallego Burín, 1946) que responde al primer tipo de torres mudéjares granadinas derivadas de los alminares conservados, como los de San José y San Juan de los Reyes.

La iglesia es de una sola nave, de planta rectangular, con capilla mayor separada de ésta por amplio arco toral y presbiterio en alto, al que se accede mediante una alta escalinata, lo que supone el enriquecimiento y complicación del esquema conventual para adaptarse a un programa suntuoso, de significación nobiliaria, dado que la capilla mayor fue dotada por doña Luisa de Torres. A los pies de la nave, realizada en el primer tercio del siglo XVI, se encuentran el coro alto y bajo, tal y como es habitual en los grandes conventos andaluces, así como algunos altares en los muros perimetrales, de entre los que destaca el retablo con columnas dóricas de ladrillo y decoración de yeso costeado en 1638 por el regidor don Pedro de la Calle y Almansa, quien realizó las pinturas del mismo. Las cubiertas mudéjares son notables y de variado diseño. Así, la del coro bajo es un alfarje con vigas sobre canes lobulados; la del coro alto, realizada hacia 1540, es una magnífica armadura de limas moamares con tirantes pareados y cuadrales, almizate totalmente apeinazado y decorado con piñas de mocárabes; también de limas moamares, con tirantes, cuadrales y canes de tracería gótica, es la armadura de la nave, aunque perdiendo el faldón en el límite con el arco toral. Es una de las más antiguas armaduras mudéjares de lazo de la ciudad y presenta bella decoración pintada de carácter plateresco.

La capilla mayor ofrece un tratamiento de alto valor monumental, que contrasta por cuestiones de prestigio y significación con la mayor sencillez del cuerpo de la nave. Se abre ésta mediante arco toral levemente apuntado, que arranca de capiteles platerescos de decoración vegetal y que se decora, como todo el presbiterio, con pinturas murales realizadas hacia 1736. Amén de la ya citada escalinata, destaca sobre todo la cubierta de madera, realizada en el primer tercio del Quinientos, y que constituye una de las obras más importantes de carpintería gótica de la ciudad, con formas lobuladas y estrellas curvas con pinjantes, pechinas ojivales y friso decorado por incipientes grutescos tallados en madera. Esta magnífica cubierta, que subraya la relevancia del espacio del presbiterio a nivel litúrgico y nobiliario, contrasta con las armaduras mudéjares de la nave y recuerda modelos bien distintos, como los pinjantes de las bóvedas góticas inglesas, siendo el antecedente de otros dos importantes espacios eclesiales, como el crucero del convento granadino de la Merced y la cubierta de la iglesia de Santiago de Guadix (Henares Cuéllar y López Guzmán, 1989). Completa la significación de este espacio el retablo mayor, de principios del siglo XVII y diseño manierista, aunque más notable por las esculturas que en él se ubican, atribuidas a Bernabé de Gaviria y Pablo de Rojas, que por su estructura y lienzos de pintura.

Numerosas obras de arte se encuentran en la iglesia de Santa Isabel la Real, amén de los dos retablos ya citados, y entre las que destacan la pila de agua bendita elaborada con una fuente islámica, algunas obras señeras del escultor barroco José de Mora, como una pareja de bustos de Ecce Homo y Dolorosa, y las efigies de San Pascual Bailón y San Pedro de Alcántara; asimismo, la escultura de San Francisco recibiendo la Impresión de las Cinco Llagas, atribuida a Pedro de mena, el busto pictórico de San Francisco, atribuido a Ambrosio Martínez de Bustos y varios cuadros de santos y santas franciscanos de la mano de Pedro Atanasio Bocanegra.

Fuera de la iglesia, destaca el claustro principal, realizado entre los años 1574 y 1592, que destaca por su amplitud o diafanidad, apto para albergar en sus estancias a más de cien religiosas. Es un patio cuadrado con crujías en cada lado, siendo la ubicada al norte la correspondiente al cuerpo de la iglesia, e integrando en la parte baja de las otras tres algunas estancias como la enfermería y capilla, ubicados los dormitorios en la planta alta de las mismas. Es por tanto un patio peristilado de dos pisos, formado por galerías de siete arcos en cada lado, con sus correspondientes corredores. Las arcadas del piso inferior, de medio punto, apean sobre columnas toscanas y presentan clave moldurada con hoja de acanto y tondos en las enjutas; las del piso alto son similares, pero de menor altura, al ser de arcos escarzanos, con ménsulas geométricas. Complemento de este esquema clasicista, como afirma Gómez-Moreno Calera (1989), son las ricas galerías y cubiertas de madera, de carácter mudéjar. Así, los corredores se cubren con alfarjes con decoración pintada, que alternan en el centro de cada crujía con tramos de decoración de lazo; la escalera, por su parte, presenta una armadura octogonal sobre pechinas en abanico y almizate totalmente apeinazado; las estancias del piso bajo se cubren con alfarjes y, las del piso superior, recurren a armaduras rectangulares de limas con tirantes pareados, cuya labor de lazo se extiende en cada sala a proporción de su importancia.

También la clausura alberga notables obras de arte, por lo que en tiempos recientes se ha proyectado la creación de un recorrido museístico en su interior. A tal efecto fue restaurado y acondicionado el claustro principal en 1998.

Su declaración como Monumento fue inscrito el 6 de lulio de 1922 (Gaceta de Madrid del 12 de julio de 1922)

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