El Laboratorio de Arqueología Biocultural de la Universidad de Granada (Memolab), que nació al amparo del proyecto Mediterranean Mountainous Landscapes, lleva intervenido desde 2014 más de 80 km de acequias en todo el país, con especial incidencia en la zona del antiguo Reino de Granada.

Trabajos de recuperación de la acequia de Barjas (Cañar. Las ALpujarras) 2014-15 | Lara Delgado Anes

Una acequia no representa solo un espacio por donde transcurre el agua. Estas infraestructuras en un pueblo o en una aldea cuentan mucho sobre su historia social y economía. En MemoLab, Laboratorio de Arqueología Biocultural de la Universidad de Granada (UGR), lo saben muy bien. Sus investigaciones despiertan la atención del ciudadano de a pie. Suman financiación en convocatorias competitivas públicas y poco a poco despiertan el interés del ámbito privado a través del mecenazgo. Su trabajo tiene un impacto en las zonas rurales. Es un proyecto internacional. Y ha suscitado el interés del ministro de Universidades, el profesor y también investigador Joan Subirats.

El profesor José María Martín Civantos es el director de este grupo de investigación MemoLab que en el año 2014 comenzó un programa de recuperación y limpieza de acequias junto a las comunidades de regantes. La primera fue en Cáñar, en la Alpujarra, con la acequia de Barjas. Desde entonces han actuado sobre más de 80 kilómetros de acequias y han participado al menos unos 1.500 voluntarios. Las acciones se han llevado a cabo además en el Barranco del Poqueira, la Taha de Pitres, Jérez del Marquesado, Lanteira, Lugros, el Valle del Darro y Sorbas (Almería).

«Nuestra área de investigación no es habitualmente la más destacada, no solo por tratarse de las Humanidades, sino porque en nuestro caso trabajamos en el ámbito rural y con sistemas agrarios tradicionales. Sin embargo, tiene un alto impacto en los pueblos y comunidades de regantes, en aspectos ambientales, de planificación y políticas agrarias, sobre nuestro patrimonio y desarrollo cultural y sobre el mundo rural y su problemática –detalla Martín Civantos–. Es un trabajo basado en el pasado, pero para poder hablar y proponer actuaciones para mejorar nuestro presente y futuro en el contexto actual de cambio global y cambio climático».

Subirats, que es politólogo, se interesó por el trabajo del equipo de Civantos «porque entiende que el papel social de las universidades como centros de investigación es fundamental». En la reunión que mantuvieron, le proporcionaron materiales para que los transmitiera sus compañeros de Agricultura y de Transición Ecológica.

Así, en estos tiempos en que las tecnologías e ingenierías copan los titulares de la investigación y las estrategias para conseguir financiación, este trabajo científico en el área de las Humanidades se coloca primero en la agenda de visitas. El profesor Civantos advierte de que es más difícil que ministros, consejeros y mandatarios se fijen en investigaciones del área de Humanidades. «Si hablamos del patrimonio cultural, y particularmente del patrimonio arqueológico, resulta enormemente complicado porque desde las administraciones y responsables políticos no hay una apuesta real por su conservación, su conocimiento y su uso como motor de desarrollo más allá de algunas singularidades, elementos o usos principalmente turísticos. Si hablamos del patrimonio agrario y los sistemas productivos tradicionales, habitualmente la visión que tenemos de ellos es negativa o sencillamente ni los tenemos en cuenta en nuestras políticas», valora.

Ala pregunta de por qué sucede eso, Civantos lo tiene claro: «Esto viene motivado porque nuestro modelo de desarrollo está fundamentalmente orientado a la intensificación y la industrialización de la actividad agraria y eso es un error porque nos conduce a un callejón sin salida. La actividad agraria es multifuncional y sirve para muchas más cosas que para producir materias primas y alimentos. Genera una cantidad enorme de servicios ecosistémicos que son fundamentales en el contexto actual y con los desafíos que tenemos delante, incluyendo la cuestión demográfica y el despoblamiento o nuestros modelos culturales y de gestión del territorio. Es necesario que entendamos esto desde toda la sociedad y desde los órganos y personas que toman las decisiones. O lo enfocamos de forma integrada y desde la multifuncionalidad, o estaremos contribuyendo a empeorar el problema a corto y medio plazo».

Al margen de esos focos, MemoLab, que cuenta con unas veinte personas contratadas, suma premios y actividades en los últimos años en los que su investigación ha llegado a los últimos rincones de la provincia granadina y de otros puntos de Andalucía y otras comunidades. Es un laboratorio esencialmente de Humanidades y específicamente de Arqueología e Historia, pero con una vocación transdisciplinar porque su principal interés es «la relación histórica del ser humano con el medio ambiente y la utilización de los recursos, que quedan reflejados en la construcción de nuestros paisajes culturales y, particularmente, de nuestros sistemas agrarios tradicionales».

Los manejos del agua son su objeto de estudio así como los sistemas históricos de regadío, que son, sin duda, «nuestro principal patrimonio y un elemento singular de nuestros paisajes». Agrega: «Intentamos siempre que nuestras acciones tengan un impacto positivo en los lugares y comunidades donde trabajamos». Los investigadores se codean con los pastores y agricultores mayores. Lo tradicional convive con la innovación.

El laboratorio MemoLab, cuando no están en el campo, está en el nuevo edificio de I+D+I llamado Josefina Castro Vizoso, situado en la avenida de Madrid. El listado de proyectos y actividades previstas es muy amplio. Desde la recuperación de la acequia de Aynadamar a actuaciones en Albacete o Segovia. Y también intervenciones en otros países como Marruecos, Italia, Albania, Grecia o, aún más lejos, en la región andina en Sudamérica.

«La repercusión e impacto de este tipo de enfoque y estrategia tiene, sin duda, un largo recorrido. Y no se trata solo de restaurar acequias o contribuir a su mantenimiento, sino que también estamos trabajando en el ámbito productivo y de la comercialización, en el uso de las acequias como senderos culturales dentro de la idea de la diversificación y la multifuncionalidad o en la línea de la retribución por servicios, la custodia del territorio o los contratos de río», defiende el científico.

«Hay muchas posibilidades que pueden ser útiles y que, en muchos casos, resultan muy innovadoras, también desde el ámbito educativo o desde la sensibilización. Tenemos una gran oportunidad de demostrar que apostamos por la sostenibilidad y de que nuestros regadíos e instituciones están a la vanguardia en la innovación social, en la gestión del territorio y en la adaptación y mitigación del cambio climático».

Los regantes siempre han dicho que «El agua quema» o «El agua calienta más que el vino», pero no se rindieron nunca. Los investigadores de MemoLab, tampoco. Es complicado, pero siguen las cuadrillas en pie para recuperar acequias e historia. Por eso, el investigador aprovecha para pedir un mayor apoyo a las investigaciones de las Humanidades y Ciencias Sociales.

Civantos desde pequeño sabía que quería dedicarse a la Arqueología Medieval. «Mi padre trabajaba en la restauración y la Historia de la Construcción y me crié yendo a castillos y torres. Pero cuando realicé mi tesis sobre el Zenete en época medieval descubrí el potencial del paisaje y de los espacios productivos y su importancia», recuerda. Después él ha ido insuflando el gusto por esta ciencia en sus decenas de estudiantes en la UGR.

Recuerda que en una de las salidas de campo, haciendo una entrevista a un labrador mayor en Ferreira, el hombre le preguntó para qué servía lo que hacía. «Ninguna de las respuestas que en ese momento le pude dar satisfacían sus necesidades y eso se me quedó clavado». Esa espinita se la está quitando a base de investigación y siguiendo luchando por los Derechos Humanos con su pañuelo al cuello.

Fuente: Articulo de Andrea G. Parra para el periódico Ideal