Como cada año los albacineros acompañaron a su Patrón hasta el Cerro del Aceituno. Allí disfrutaron de una soleada jornada dominical y gran animación. No faltaron curiosas carrozas, ni la procesión con la imagen del arcángel.

Dicen todavía muchos vecinos del barrio que el Albaycín es como un pueblo. No puede negarse que este barrio, el más conocido universalmente de Granada, tiene su forma de vida propia, una particular idiosincrasia que se refleja en el carácter de sus gentes. Aquí los vecinos se conocen casi todos, y aún muchas familias son conocidas por apodos o motes más que por sus propios nombres y apellidos. Pasear por sus calles significa recibir el saludo de sus vecinos, y por las plazas del Aliatar o de Fátima siguen formándose corrillos de gente para ‘echar un pitillo’ o vecinas que cuando van de compra al centro de la ciudad siguen diciendo aquello de ‘voy a bajar a Granada’.

Pero es en días como el de ayer cuando el barrio blanco de la ciudad más demuestra que sigue teniendo un sello propio, que su corazón late todavía como décadas atrás, que los que aquí viven son de verdad vecinos de toda la vida y que el Albaycín es algo más que un barrio de Granada. La culpa la tiene San Miguel. El colofón a las fiestas del barrio, que cada año se celebran en los últimos días de septiembre coincidiendo con la festividad del arcángel, vino marcado por la procesión y romería del Patrón albaicinero. Pasadas las once de la mañana la calle Pagés se convertía en un continuo ir y venir de gente. Mujeres vestidas de gitana, coches adornados con globos, camiones convertidos en improvisadas carrozas con sus telas de lunares, caballos, charangas… todo se vestía de fiesta. Mientras, en lo alto del Cerro del Aceituno, o de San Miguel, se iban preparando las barras para atender a la gente que comenzaba a llegar y se encendían fogones para tener luego lista la comida.

Bastantes vecinos habían ideado curiosas carrozas valiéndose de furgonetas, camiones o, simplemente, coches. No faltaban desde camionetas convertidas en tablaos flamencos a coches con remolques donde aparecía Bob Esponja o todoterrenos decorados con las pitas y chumbos tan característicos del Cerro de San Miguel. Antecedían a la procesión, sin faltar siquiera una charanga acompañando a ‘Los Barriguillas y Bartolones’, unos curiosos equipos de fútbol donde en lugar de balones se veían patas de jamón. Cerca de estos animosos vecinos, Encarna y ‘La Chata’ daban los últimos retoques al camión que les servía de carroza. Lo habían convertido en una cueva del Sacromonte, con sus cortinas de lunares, piezas de cobre y mucha alegría. ‘Somos un grupo de amigos del barrio y llevamos ya varios años haciendo nuestra carroza para subir al Cerro y pasar allí un día a gusto’, comentaba Encarna mientras subía hasta la carroza vestida con su traje corto de gitana.

Procesión

Todos ellos conformaban el preámbulo de la procesión con la imagen de San Miguel, que marchó desde la iglesia del Salvador hasta lo alto del Cerro del Aceituno, llamado así por la leyenda de que allí existió una iglesia cristiana (antes de la época nazarí incluso), en cuyas puertas había un olivo milagroso que en un solo día florecía y producía aceitunas maduras.

Fueron los costaleros de la albaicinera cofradía de La Estrella los que un año más volvieron a portar las andas procesionales, y también la formación musical de esta cofradía del Jueves Santo la que puso música al cortejo. Representaciones de otras hermandades, vecinos del barrio, miembros de la hermandad patronal albaicinera… conformaban la procesión que fue recibida con aplausos por los vecinos en su recorrido hasta lo alto del Cerro.

Entre la gente que veía la procesión estaba, precisamente, el autor de la imagen que precesionaba, el granadino Miguel Zuñiga Navarro. Hace unos años realizó una copia exacta de la imagen del arcángel que se venera en lo alto de la ermita del Cerro del Aceituno, realizada por Bernardo de Mora. Y es que la Romería de San Miguel, hasta no hace muchas décadas, era una de las fiestas más importantes no solo en el barrio sino en toda la ciudad. Antes se montaban numerosos puestos ambulantes a lo largo de la subida y cercanías de la ermita, y existían costumbres tan curiosas en este día como que los jóvenes regalaran un girasol y ramas de erizos verdes a la chica que les gustaba. Incluso Federico García Lorca hace alusión a esta costumbre en algunos de sus versos.

Aunque ya se ha perdido la costumbre, y la fiesta no tiene el poder de atracción de antiguo, ayer el Cerro del Aceituno volvió a llenarse de gente. Allí se mezclaban vecinos, turistas y muchos granadinos llegados de otros barrios ‘en el autobús que para en las cuatro esquinas’, como decía Ana, una vecina del Zaidín que junto a un grupo de amigos había preparado su mochila, unas tortillas de patatas y unas latas de cerveza y estaba dispuesta a acompañar a la comitiva ‘hasta que encontremos alguna sombra por el cerro, porque comer allí es una maravilla viendo las vistas tan extraordinarias que hay de la ciudad’. Y es que el Albaycín, es mucho más que un barrio de Granada.

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